4 may. 2015

VERDADERA DEVOCIÓN POR "AMANECE QUE NO ES POCO" (per VICTOR PARKAS)


Tenía doce años cuando su padre y su madre murieron, el mismo verano, en una casa de troncos compuesta de tres habitaciones y de un zaguán. No había rejas en las ventanas. El cuarto en que murieron estaba alumbrado por una lámpara de petróleo cercada por una nube de insectos revoloteantes; suelo desnudo, pulido como vieja plata por el roce de los pies descalzos. Lena era la menor de los hijos vivos. Su madre murió primero: “Cuida de tu padre”, dijo. Después, un día, su padre le dijo: “Vas a ir al aserradero de Doane con McKinley. Prepárate para marchar. Tienes que estar lista cuando él llegue”. Y murió. McKinley, el hermano, llegó en una carreta. Enterraron al padre, una tarde, bajo los árboles, detrás de una iglesia aldeana, y colocaron una tabla de abeto a guisa de piedra sepulcral. Al día siguiente, por la mañana, Lena partió hacia el aserradero de Doane, en la carreta, con McKinley. Y en aquel momento tal vez no sospechaba que se iba para siempre. La carreta era prestada, y el hermano había prometido devolverla al caer la tarde.

El hermano trabajaba en el aserradero. Todos los hombres del pueblo trabajaban en el aserradero o para él. Serraban abetos. Hacía siete años que el aserradero estaba allí y, dentro de otros siete, toda la región se encontraría talada. Entonces, una parte de la maquinaria y la mayoría de los hombres que la hacían funcionar, y que sólo existían para ella o a causa de ella, serían cargados en vagones de mercancías y transportados a otro lugar. Pero, como podían comprarse a plazos las piezas de recambio, una parte del material se quedaría allí: grandes ruedas inmóviles, descarnadas, mirando al cielo con un aire de profundo asombro, entre pedazos de ladrillo y zarzas enmarañadas; calderas calcinadas, alzando con gesto testarudo, sorprendido y cansado unos tubos que ya no humeaban y que se enmohecían en medio de un paisaje erizado de tocones árboles, un paisaje de destilación, tranquilo, apacible, inculto, tierra convertida en erial donde, lentamente, unos arroyos estancados y rojizos se iban ahondando con largas lluvias tranquilas de otoño y con el furor galopante de los equinoccios de primavera. Y llegaría el día en el cual la aldea, que ni siquiera en los tiempos de su prosperidad figuraba en los anuarios de correos y telégrafos, acabaría por ser olvidada hasta por los miserables saqueadores de ocasión que derribarían los cobertizos para quemarlos a trozos en sus cocinas y, durante el invierno, en sus estufas.

En la época en que llegó Lena, no vivían allí más de cinco familias. Había una vía férrea, y una estación por la que, una vez al día, pasaba un rugiente tren mixto. Se le podía detener con una bandera roja, pero casi siempre salía de las taladas colinas súbitamente, como una aparición, y, gimiendo igual que un alma en pena, cruzaba aquel modesto embrión de aldea, la perla olvidada de un collar roto. Lena tenía veinte años menos que su hermano. Apenas le recordaba cuando se fue a vivir con él. El hermano habitaba en una casa de madera sin pulir, de cuatro habitaciones, con su mujer, a la que los embarazos y los trabajos de la maternidad habían agotado. Cada año, durante casi tres meses, la cuñada estaba en la cama convaleciente. Durante aquel tiempo, Lena llevaba la casa y cuidaba de los otros niños. Más tarde se dijo a sí misma: “Creo que ésta debe de ser la causa de que yo haya tenido uno tan pronto”.

Víctor Parkas