1 abr. 2016

#RENATAADLERFACTS


-Renata Adler es tan amazónica que Richard Avedon pidió fotografiarla.

-Renata Adler es tan lista que se doctoró en Derecho por Yale, así por diversión, tras estudiar en Harvard, Bryn Mawr y la Sorbona.

-Renata Adler fue tan lanzada que cubrió la marcha de Selma a Montgomery tras Martin Luther King (se puede leer aquí) y las guerras de Vietnam y Biafra.

-Renata Adler es tan fiera que una vez dijo de una poderosa colega del New Yorker que sus críticas de cine de los últimos cinco años habían sido “no simplemente sino estremecedoramente, pieza a pieza, línea a línea, y sin interrupción, pésimas”.

Y así podrían seguir en un hipotético hashtag los Renata Adler Facts hasta llegar a “Renata Adler es tan jefa que no ha tenido que cambiar de peinado en los últimos 50 años, (como toda la gente verdaderamente importante)”. Sólo habría un pequeño obstáculo: aclarar quien es exactamente esta Renata y por qué muchos de los que lean esto no habían oído hablar antes de ella. Básicamente, porque ella cavó su propia tumba, como hemos comprobado en el punto cuatro. Tras entrar, en 1962, y con sólo 28 años como miembro de plantilla de The New Yorker y ocupar un lugar privilegiado en el microcosmos mediático justo en el momento en que eso de ser periodista se ponía interesante, Adler se molestó bien poco en mantener ese privilegio. No sólo escribió el mazazo que hemos citado arriba sobre Pauline Kael, la crítica de cine de su propia revista y una de las árbritros del gusto cultural de los 70 y 80, sino que, décadas después, en 1999, dedicó un libro entero a decir cómo el New Yorker dilapidó todo su capital de talento y pasó a ser, básicamente una basura. El New York Times, que también la tuvo en plantilla a finales de los 60, acogió la obra con nada menos que ocho artículos en contra y se encargó de hundir su reputación.


Hace cosa de tres años, todo conspiró para sacarla de su retiro mediático. Dejó de ser una “escritora para escritores”. Se reeditaron sus dos únicas novelas, Fueraborda (1976) y Oscuridad Total (1983), en España en Sexto Piso, dos ejercicios brutalmente originales de puntillismo narrativo cuya lectura se parece un poco al visionado de Resnais o David Lynch: no se entiende todo pero qué bien. Y el año pasado se rescataron sus mejores artículos en un volumen titulado After the Tall Timber. Allí habla de Nixon, Biafra, los hippies, la Guerra de los Seis Días, la banda Love, los culebrones. Tienen una cosa en común, la obsesión por no malgastar el lenguaje, el deseo de ganarse cada verbo a pulso. “Cuando las palabras se usan de manera tan barata (…) los actos quedan separados de toda consecuencia y toda responsabilidad se pierde”, ha dicho ella. Igual por eso Adler ha acabado encontrando a su público, que la adora ahora con fervor sectario, varias generaciones más allá de la suya, entre gente que ha crecido alimentada justo de lo contrario, de palabrería digital inconsecuente. Por eso y por ser autora de frases tan, ehem, tuiteables como ésta: “Se supone que los escritores escriben. La gente lo dice pero raras veces es verdad. Los escritores beben. Los escritores protestan. Los escritores llaman por teléfono. Los escitores duermen. He conocido a muy pocos escitores que realmente escriban”. Ella es una.

Begoña Gómez.